lunes, 31 de enero de 2011

Aclaración+prólogo=EPÍLOGO

1. ACLARACIÓN
No eres tú. No soy yo. Es sólo una pequeña parte de su historia. Fue ella. Es él. Hoy celebra su día uno en este espacio. antes sólo mío, como el título. Quizás para despedirse para siempre de la oscuridad de los muertos, quizás para saludar coloreando a los vivos o quizás sólo para imitar a los pájaros su vuelo y encontrar su ansiada libertad

PRÓLOGO

2.


3. EPÍLOGO

Una vez conocí a alguien como tú pero sentí tanto miedo, que me hice desaparecer.    
      "Lo sé"-contestó él-. Esperé durante un tiempo y después desistí. Si te soy sincera siempre albergué la posibilidad de volver a verte- Lo había intentado ya demasiadas veces ¿Por qué esta vez iba a ser diferente? "Deberías haberlo vuelto a intentar" -contestó ella-.
La casualidad ha querido que volvamos a encontrarnos. Durante todo este tiempo he fantaseado con la posibilidad de que eso ocurriera. A veces, te encontraba caminando entre la multitud, nos chocábamos. Tú te volteabas para asegurarte de que era yo, nos mirábamos con la extrañeza de quien desconfía de la realidad. Mi voz quebrada exclamaba un "lo siento". Tú te acercabas con suavidad, como si ya supieras lo que debías hacer, como si cada movimiento estuviera ya integrado en tu cuerpo, preparado para la ocasión: "no pasa nada", susurrabas en mi oído. Y ahí terminaba todo, nunca pasábamos de ese plano. Para mí era suficiente; Otras veces no teníamos tanta suerte, ya no estábamos solos. No había música de fondo ni la multitud se ralentizaba a nuestro alrededor mientras nosotros permanecíamos estáticos, mirándonos. Entones nos encontrábamos en la zona de embarque de un aeropuerto, en las colas imposibles de un museo, o, tal vez, en la entrada de cualquier otra atracción cultural. Siempre era agosto, como aquella otra vez, la que sí fue real o la que inventamos. Nos encontrábamos bloqueados en aquella cola, no podíamos salir, tampoco desplegar el arsenal de movimientos perfectos y frases guardadas para la ocasión. En ese intervalo de tiempo estábamos condenados a mirarnos a hurtadillas y a resignarnos mientras aceptábamos el curso inevitable de los acontecimientos.
No era nuestro momento, tampoco lo fue el de aquel agosto. Unas veces era bajo el desmesurado calor de Estambul, entre la marabunta encajada en una cola mal organizada y el torbellino de contrastes y sonidos infinitos. Otras tantas veces era aquí, en tu ciudad, en la que nunca fue mía aunque decidiera quedarme. Tú sobresalías entre los demás, había sorpresa en tus ojos pero también complicidad "nos pueden descubrir. No digas nada". Ella buscaba algo en su bolso, sólo tenía que levantar la vista y seguir la dirección de tu mirada. "Si nos descubren, todo se habrá terminado. Vamos atrévete, yo lo haría por ti." "¿Es que no te has dado cuenta? Yo tampoco estoy sola". Pero tú no puedes, nunca pudiste ¡Joder! Ni mi maldita fantasía puede. Disimulas y colocas tu brazo sobre su hombro. Murmuro algo que ni yo misma logro entender. No sé por qué me elegiste.
                              Ojalá pudiera hacer que desaparecieras tú también.

martes, 11 de enero de 2011

Y............

Es la pregunta que más he escuchado en los últimos días pero, para mí, no era una novedad viajar a la ciudad de los rascacielos. La última vez, hace justo un año, cuando recorrimos Manhatan disfrazados de Nickie Ferrante y Terry Mckay imitando los pasos que encarnaban Cary Grant y Deborah Kerr en el clásico Tú y yo. La idea de volver a pasear por sus grandes avenidas sin rumbo alguno y sin tu brújula que nos guiaba, me asustaba. Los especialistas me diagnosticaron a la vuelta agorafobia, pero yo, que ya sabes que me encanta inventarme los términos, prefería llamarle miedo a las alturas, en vez de a los espacios amplios. Dejar de vivir del recuerdo de esos edificios me aterraba. Por eso cuando me lo propuso acepté como terapia regresar a esas calles para redecorarlas de nuevas imágenes y crear mi propia película. Lo que él no sabía es que yo ya tenía comprado el billete de vuelta, un día antes de lo previsto, para evitar de nuevo esos pinchazos que no me dejan apenas respirar. Ese día me desperté tarde para descansar. El vuelo era por la noche. Él dudaba de que yo subiera a ese avión y se pasó toda el día llamándome con un repertorio amplio de canciones imitando mi despertador. Temía que pasara por tu casa a despedirme y perderme bajo tu edredón buscando cobijo. No era fácil acceder a mis recuerdos para borrarlos y volver a dibujarlos, pero no dudé en dejarlos en esta ciudad. Al fin y al cabo me reencontraría con tus restos en la intersección de la Quinta Avenida. Cuando llegué al aeropuerto, sólo diez minutos más tarde, vi su cara de alivio: “Has venido”- me gritó desde la otra punta del mostrador-. “Shhhh, no hables tan alto”- le repliqué. Él me empujaba, tiraba de mí y corría muy deprisa. Yo sentía que mis piernas se movían por inercia. No era capaz de asimilar la información de los paneles que anunciaban que estábamos a punto de embarcar. Cuando nos bajamos del autobús que nos conducía al avión, el último baile bajo la lluvia. No paraba de diluviar: “Eres lo mejor que me ha pasado” –decía-. Yo escéptica, sonreía. Pasó todo el viaje planeando mi futuro y anticipando las bandas sonoras que adornarían el final perfecto con el que todos hemos soñado. Yo le dejaba hablar. Me parecía divertido. Cuando aterrizamos, y sin pasar por el hotel para dejar las maletas y tomar aire, tenía preparada una sorpresa para mí. Cogimos un taxi y ahí estábamos bajo el Empire State, el rascacielos más alto de Nueva York después del atentado de las Torres Gemelas “¿Ves el último piso? Te cogeré en brazos y juntos, tocaremos el cielo”. Porque el Empire State era lo más cercano al cielo que tenían en New York (…). Me tranquilizó ver que estaba cubierto de nubes. De la agorafobia y el vértigo, a la claustrofobia pero no puso ningún impedimento para subir los 102 pisos por la escalera de incendios. Cuando me ahogaba, arrastraba de mí; si me sentaba, me levantaba y cuando daba media vuelta asfixiada, tiraba de mí. Sólo quedaban 30 pisos y las vistas eran cada vez más alucinantes. Por primera vez, en el piso 99 le adelanté. Ya no había vuelta atrás. Tenía tantas ganas de llegar…. Tenía la boca seca y me metí en uno de los pisos para darle agua. No me importaba perder 5 minutos más para tocar la cima. Sus piernas empezaron a fallar pero rápido ideé un sistema de cuerdas para sujetarle y contemplar la inmensa ciudad. Cuando puse el segundo pie en la azotea del último piso grité “Por fin, lo conseguí ¡Qué vistas! Es el mejor regalo que me han hecho nunca”. Una orquesta acompañaba con violines nuestro momento. “Ssssshhhhh. No grites”- contestó a mi emoción. Cuando terminé de pronunciar la última palabra sentí su mano rozando mi espalda y me provocó un extraño escalofrío. Yo me giré y le sonreí: “No quiero moverme de aquí. Quiero seguir De Viaje por el sol”. Él me devolvió el abrazo. “Lo siento” -dijo mientras dirigió su mano contra mi espalda-. Me empujó al vacío. Mientras volaba pensaba: “Si tuviera una barita mágica me haría desaparecer”. La presión no me permitía gritar. El miedo cortó mi respiración. Y no encontré la última lágrima que me robaste en este mismo lugar. Dicen que cuando ves la luz, toda tu vida pasa por delante. Deseé con todas mis fuerzas no volver a respirar ni a sentir. Quedarme con las almas perdidas que divagan por estas manzanas y sobre todo, encontrarme con tus restos que yacían alrededor de este edificio. Es lo último que recuerdo. Perdí el conocimiento y el control absoluto de mi cuerpo. Antes de abrir los ojos noté que el sol brillaba con intensidad. Hacía mucho tiempo que no sonreía tanto y antes de recobrar el sentido me advirtió: “No te fíes de las nubes”. El ruido de las ambulancias me despertó. “Tranquila, ha sido sólo una sueño”- me decían unas voces que me resultaban familiares- “Compramos los mismos billetes para ponerte la red y que estuvieras a salvo”. “Es sorprendente” –repetía uno de los médicos “ningún rasguño”. “Es que me ha salido trapecista” contestaba ella con la misma cara que yo solía imitar.

Me levanté y las cinco cogidas de la mano caminamos hasta el amanecer.
¡Feliz año! Hemos llegado a Madrid.
¿¿¿¿¿YYYYYYYYYY???????????? – Les contesté-

martes, 4 de enero de 2011

Un día más o menos

Quedan pocas horas para que amanezca y termine un nuevo día: uno menos.

Las farolas iluminan las calles desiertas y los restos de la noche están decorados de noctámbulos que divagan sin rumbo, perdidos en la madrugada. El silencio se apodera de este Templo que invita a la reflexión y a la desconexión. De vez en cuando se ve interrumpido por los gemidos de una pareja escondida entre los arbustos entregándose los cuerpos ya medio desnudos. Los grados bajo cero que vamos arrastrando no les impide agudizar su pasión. No les importa. Tampoco a los borrachos de al lado que de vez en cuando entonan villancicos que ya han caducado con el tiempo. A mi lado dos chicos, que como yo, han venido a ver amanecer. “¿Me llamarás?” – le preguntaba uno buscando la palma de la mano del otro. “Pues claro. Si no, no te hubiera pedido el teléfono”. No pude evitar entrometerme y mi risa irónica me delató. Sin proponérmelo les había roto su momento idílico y los fuegos artificiales -los suyos claro- se apagaron. Seguí sin contenerme y estallé a carcajadas. Por sus caras no les debió de sentar muy bien mi actitud y se trasladaron al otro extremo de la barandilla. Quería explicarles que no me reía de ellos, que hacía unos minutos yo también había pronunciado las mismas palabras, aunque en mi caso, sin respuesta.. Mi risa nerviosa impidió que me disculpara con ellos y decidí seguir mi camino. Subía las escaleras para contemplar mejor la salida del sol pero, sin ti, se me caían encima después de que nuestros caminos volvieran a cruzarse. Yo también te pregunté una vez más“¿Me llamarás?” y otra vez tus notas, obligadas a actuar de portavoces, contestaron por ti. Me separaban kilómetros de aquél chico que le hizo la misma pregunta a su enamorado (por lo menos por esa noche). Él, deseaba que se parara el tiempo para fotografiar su momento. Yo, que pasaran los minutos deprisa para alejarme de los rotos de la noche.
Ya es de día y el sol sale de su escondite reluciente. Los copos de nieve recibieron a diciembre tiñendo las calles grises de blanco y el cielo descapotado y azul, despidió el año con frío. En esta otra ciudad hace calor. Desde que llegué, no dejan de subir las temperaturas y me sobra el abrigo. Se me olvidó pedirle a las nubes que unieran sus fuerzas para mearnos encima. Demasiados favores que devolverles. Ya se perciben los primeros movimientos. Las calles se visten con sus mejores galas para invitar al consumismo y entre ellas compiten por la decoración y los mejores escaparates. Las idas y venidas empiezan a repetirse. Unos madrugando y otros, sin dormir; unos parando los segundos y otros, acelerando las horas; unos mirando al pasado y otros, creando futuros, pero todos, bajo el mismo techo intentando sobrevivir. Y yo, deslumbrada por los rayos caminando entre cientos de personas sin sentirme una hormiguita más. Demasiados bailes bajo la lluvia sin cantarle al sol. Demasiadas deudas pendientes. Demasiado esfuerzo sale caro. Implorar a las gotas su ausencia, también. Lo sobrenatural es el resultado de las catástrofes. Al fin y al cabo el final feliz no siempre es el más adecuado porque el fin es testigo del presente. Buenas noches. Agárrate fuerte. Nos vamos a Groenlandia.

Quedan pocas horas para que anochezca y empiece un nuevo día. Uno más.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Brindemos

Hacía una estación que no se volvían a ver. La última vez era verano. Todavía... Ella fue su invierno, o quizás él el suyo. Por fin solos. Rodeados por el ruido de las gotas que no cesaba pero tú y yo, al fin y al cabo. Yo, me quedé taciturna en ese momento. Él, pensaba en su teléfono, que no sonaba. Ella, te buscaba bebiéndose las noches de alguna ciudad. Nosotros, nos recorrimos la calle buscando el último bar que nos sirviera la penúltima cerveza. Nosotras, seguíamos sin coincidir. Vosotras, atónitas, permanecíais al lado. Vosotros, nos seguisteis. Ellos, desaparecieron y ellas, no salieron ¿Y tú? ¿Dónde estabas tú mientras escampaba?

Entonces se colaron en mi memoria los días lluviosos en aquel patio de colegio. Mientras el resto de los niños se resguardaba de las gotas en ese salón de actos viendo películas de final feliz, nosotros nos escapábamos. Vuelvo a olerte y a sentir tus manos apretadas por las mías convenciéndote y casi obligándote a saltar aquellas viejas rejas de hierro oxidadas que nos devolvían al mundo exterior. “Venga. No te lo pienses. No nos pillarán. Hoy será el último día. Lo prometo”, pero yo cruzaba los dedos y aquella escena se repitió los días lluviosos de otoño, invierno y primavera. En verano el cielo estaba despejado y no había clases. Esas vacaciones fui a Croacia y luego a Bosnia. A diferencia de otros años, me apetecía volver al colegio porque sabía que nos esperarían las tardes deslizándonos sobre la nieve y volveríamos a invocar a las gotas cantándole al cielo:
“Que llueva, que llueva,
la Virgen de la Cueva,
los pajaritos cantan,
las nubes se levantan,
¡Que sí, que no,
que caiga un chaparrón!”

¿Cómo no me va a asustar el sol si fue la primera canción que me enseñaron? Ese año empezó con un calor insoportable y la sequía ocupó páginas enteras en los periódicos. Los días soleados nos fueron distanciando y cuando por fin esas dos masas de aire de distinta temperatura deciden juntarse para provocar una fuerte tormenta, apareces tú con ese paraguas. Todavía recuerdo el fuerte ruido de los truenos y el reflejo intenso de los relámpagos asomándose por las ventanas del aula. Tuve mucho miedo. Cuando lo abriste para evitar empaparte, me di cuenta de que ya no éramos dos niños. Yo, sin embargo, me había quedado un curso atrás a pesar de que los libros contenían nueva materia. No volvimos a compartir pupitre. Tampoco apuntes. Ya no repasábamos juntos la tabla de multiplicar ni nos repartíamos los libros que más tarde nos contaríamos. Por primera vez, suspendía matemáticas. Sin tus explicaciones, no lograba comprender los porcentajes. Era tu asignatura preferida y siempre nos ponías de ejemplo para que pudiera comprenderlos. Convertía las tardes en interminables fingiendo que no te entendía y tú repetías una y otra vez “Si esto es una tarta y yo me como el 40% ¿Cuántas porciones quedan?” Pusieras el ejemplo que pusieras, la respuesta siempre era el 60%. “El 60%” - me reía-. Ese número se clavó en mi memoria durante meses. Pero esos momentos se desvanecieron con el viento cuando apareciste con ese maldito paraguas. Una mañana me escondí en el baño y esperé a que todos se fueran al recreo para entrar en clase y destruirlo. Pensé que si lo rompía todo volvería a ser igual. Tú nunca me perdonaste y, al día siguiente, trajiste otro igual. Conocí a gente de otras clases para seguir mojándome los días lluviosos pero no era lo mismo. No me constipaba y le faltaban colores al arco iris. Cuando llegaba a casa, todas las noches desde que aparecí en esta ciudad, mi padre postizo me acostaba y me decía qué tenía que soñar según las vivencias de ese día. Cambié las reglas y durante semanas le obligué a decirme que tenía que soñar “volver a compartir pupitre”. “¿Otra vez? Ya lo soñaste ayer”. Yo, te seguía sin ver. Tú ni siquiera te dabas cuenta de que cada día entraba en clase con los ojos hinchados y rojos. Y lo peor, estabas tan adaptado y tan feliz con tu nueva vida... No te había visto antes sonreír tanto. Te preguntaba, le pasaba notas a mi amiga para que te las diera durante las clases de latín pero no recibí ninguna respuesta ni me diste la oportunidad de explicarte por qué te rompí el protector de agua. Evadías mis miradas y supe por qué no te querías sentar a mi lado. Todavía escucho vuestras risas mientras susurrabais “Ahí llega la loca hablando sola” ¿Con quién si no? Eras el único que daba sentido a mis palabras. Cuando cumplí 18 años me dijo que ya era mayor de edad y me amenazó con no volverme a decir qué debía soñar. Menos mal que al ver que los sueños se convertían en repetidas pesadillas lo alargó unos meses más. Hasta febrero. Me acuerdo porque, mientras me iba acostumbrando a no soñar, empezaste a faltar al colegio. Pensaba que estabas enfermo pero a la semana siguiente el tutor nos informó de que te habías cambiado de centro. Ése fue mi día uno. No respirar el mismo aire que tú, me asfixió. Para encontrarme recorría la avenida que unía tu casa al colegio. Me inventé que iba a clases de gimnasia rítmica para justificar cada día mi retraso. No volví a ser la misma. Ahí comencé a sentir que había llegado mi mayoría de edad. Yo tampoco era una niña ya. Llegó otro verano y después la universidad. Dejé de lado los números y empecé a dedicarme plenamente a la combinación de palabras. Cuando nada podía ir mejor ahí estabas tú, sentado en aquel bar, liándote un cigarro. “Demasiadas coincidencias para no ser de aquí” –pensé-

- ¿Qué dices? Si no me he movido ¿Estás bien?
- ¿Qué? -Cuando aterricé me di cuenta de que estaba pensando en alto –Perdona ¿Qué me contabas?
-Estábamos buscando el último sitio
- Es verdad. Por fin solos.
- Ya no. Vienen detrás.
- Demasiado tarde. Tenemos compañía.
- Vamos todos a este mismo.
-Brindemos

miércoles, 17 de noviembre de 2010

miércoles, 27 de octubre de 2010

Auto-defender-scribirse

Aquel final de mes, la monotonía volvió a marcar otro domingo de otoño más. Las hojas de los árboles seguían cayéndose sobre los suelos mojados dejando las calles resbaladizas, la señora seguía en el mismo puesto del mercado donde la dejé la semana pasada, los camiones de la basura seguían recogiendo los cristales rotos de la ruidosa madrugada, el vecino seguía discutiendo con el dueño del bar de al lado por exceder los 55 decibelios, los ceniceros seguían llenos de colillas y el camarero seguía fingiendo que recordaba qué desayunaba y volvía a ponerme la leche demasiado caliente. Entiendo que es complicado aprenderse que al cliente número 134 de la mañana le gusta el café con leche templada, desnatada y en vaso con una tostada de tomate, pero preguntar, todavía es gratis. Mientras espero mi no leche ardiendo y mi no pan con mantequilla, voy al quiosco de enfrente a comprarme mi sí periódico. Este domingo, El País Semanal está dedicado al recién galardonado Premio Nobel. El titular elegido para ocupar la página central de su entrevista es “La escritura es una venganza”. A priori no puedo entender por qué después de pasar 48 horas con un genio de las palabras y transformador de afirmaciones en acciones, el periodista decide resumir con esta frase la trayectoria de Vargas Llosa… Cierro la revista y viajo teletransportándome hasta Nueva York para entrevistarle ¿Qué pasó en la cárcel? ¿A quién odió tanto para crear el personaje de Leónidas Trujillo? ¿Quién era esa niña mala que tanto le hizo sufrir? ¿Conseguiremos que los hombres nos escuchen y lean a Flora Tristán? Y lo último….. ¿Seremos capaces de sentir el erotismo como Don Rigoberto? Cinco minutos después el café ya no arde y, entre sorbo y sorbo, empiezo a analizar esa frase que me perseguiría el resto del día. Escritura igual a venganza ¿Quién se venga de quién? ¿Las palabras que arrastramos contra nosotros mismos o nuestras plumas sustituyendo los cuchillos que decoran de negro las páginas en blanco?
Habían pasado tantos meses, días, horas, minutos y segundos, que cuando volvió a releer el manuscrito envuelto en ese cajón mugriento, cubierto de polvo, seguro que ya no se acordaría de quién se vengaba en su última novela. “A los periodistas les gusta preguntar por su origen, el por qué del nombre, quiénes son los protagonistas… ¿Qué les vas a contestar?”-le preguntó el editor- “La verdad. Que no me queda memoria. Pero no te preocupes. Los protagonistas responderán en mi lugar sus preguntas. Cuando se publique, recordarán probablemente quién seré, sabrán quién soy y no olvidarán quién fui”. Se imaginó cómo sería el gran día ¿Haría alusión a los que murieron pero le ayudaron mientras vivía? ¿Nombraría a los que ya desaparecieron y tanto significaron? ¿Seguirían existiendo los vivos que tanto le apoyan? ¿Mencionaría a su abuelo, a su madre, a su tía y al padrino? ¿Le reconocería su padre? No corren buenos tiempos y la literatura también es una víctima de esta crisis con la que muchos nacimos. La novela se retrasó y las petunias del otoño se transformaron en euphorbias con el frío del invierno. Los rayos del sol de la primavera deshicieron la nieve y salieron las petunias que desaparecieron con las margaritas blancas y el calor que ya anunciaba el verano. Cuatro estaciones comprobando las hojas una y otra vez. Creó su propia partitura de piano para que las palabras bailasen y modificar los posibles finales, que, posteriormente, se convierten en inicios. Principios debatidos en conflictos entre el pasado y ayer contra el mañana y después.
¿Y ahora?
Ahora la luz se adentra por los cristales iluminando sus ojos que un día decidió no cerrar
¿Y en este momento?
En este momento divaga sólo en la oscuridad desnudando sus recuerdos con su voz. Encoge sus manos de frío porque no quedan guantes que compartir, porque faltan manos que coger.
¿Y en este instante? Escribiendo para vengarse por Haberla devuelto la luz

miércoles, 20 de octubre de 2010

viernes, 15 de octubre de 2010

SSShhhhhhhh.... Silencio, grabando

3,2,1 y…… ¡¡¡¡Dentro plano!!!

Los mismos personajes interpretando papeles diferentes marcados por el tiempo que nos separó en la distancia. Sólo nos separan cinco calles del escenario real pero se puede disimular con el ambiente sórdido de este lugar. Antes de grabar, el director se dirige al regidor para indicarle las últimas instrucciones: “Dentro música, copas a medio beber, cigarros encendidos y conversaciones a medias; Atento el chico del fondo, tienes que estar listo para pasar en medio de los dos. Recuerda que antes de pasar por el baño, interrumpes su conversación, la coges de la cintura y le susurras algo al oído. Da igual lo que digas porque no llevas micro y no entra el sonido; ¿Están maquillados ya los actores de la primera escena?; Por favor, quítenle el vaso a esa chica, no hemos empezado a grabar y está llevando su papel al límite. Hasta que llegue, puedes abalanzarte sobre cualquiera de los figurantes. Cuando atraviese la puerta, directa sobre él. Bájese el escote. Si se queda sin energía le hemos dejado en el baño un frasco de afrodisiaco. Y no se preocupe, si le dice que no, siempre le queda su amigo. Usan el mismo perfume y le recordará a él; el chico de la barra, por favor no se disperse, lleva distraído todo el ensayo, cuando entre ella en escena que no se note demasiado que todavía la mira de reojo. Conténgase y cuando estén los dos, entonces sí, síguela con tu mirada, pero sólo en ese momento; Y usted, no la espere, quédese en la puerta mirándola a lo lejos mientras ella, en la otra punta, se recrea. Cuando se levante y se dé la vuelta, desaparezca. Sólo así, ella, reaccionará a su ausencia; ¿Ha quedado claro? ¿Alguien tiene alguna duda? ”. “–Perdone- interrumpí. Me he perdido en la explicación ¿Esta vez me voy o me quedo?”. “Haga lo que tenga que hacer? ¿Ha leído el guión?; Por favor, las chicas del fondo que se pongan las cazadoras. Fuera hace frío ¿Ha escuchado? Usted también ¡Póngaselo! No nos queda tiempo. Está a punto de amanecer y va a parar de llover. Sólo nos quedan dos tomas ¡Todo el mundo a sus puestos!! Maquillaje!!!! Échele en la cara un color más pálido. Tiene que hacerse la sorprendida aunque se encuentren a menudo”; “-Soy muy blanca. No hace falta-. Además este año no me ha dado el sol“.
“¡Cámaras, focos y…… Acción! Mójate el pelo cuando entres, está lloviendo. Ustedes entren ya en escena”; “-Hola- -hola-, -¿Qué haces aquí? -soy de aquí-, -¿Cómo te va? Bien. Te ha crecido el pelo-, -¿Qué tal-, -Bien. Terminando de grabar- - ¿No estamos empezando?,- No. Ya se ha emitido-“; “¡¡¡¡¡Corten!!!!! ¿Pero qué os pasa? ¿¿No se saben el texto? ¿Por qué se dedican a esto si odian los focos? ¿Me está escuchando señorita??? Siga con las pesas, tiene que parecer fuerte y estar armada cuando aparezca. No puede demostrar debilidad ni melancolía. No se olvide que él interpreta en su papel a un encantador de serpientes sin fondo. Al espectador le da igual que tenga corazón y sentimientos. Sólo lo sabe usted y eso le tiene que dar igual porque él no lo puede mostrar. Volvamos a intentarlo ¿Qué toma es esta? Tú acuérdate de arrodillarte y suplícale” ; “-¿Otra vez?-“; “Sí. Otra vez. Nadie dijo que ser actriz era fácil ¿No se da cuenta de que si él la ve bien se quedará? Y usted….. ¿No quiere eso verdad???
Comenzamos desde el principio la misma escena! ¡¡¡¡Acción!!!! Chicos vuelvan a abrir la puerta. Señorita es su turno. No se quede taciturna”; “-“Seguiré mi camino si me mientes y dices que me has querido. Sólo necesito tu aprobación. Yo a cambio, dejaré de deberte lo que nunca me has dado. Seguiré la luz del faro. ¿Así está bien?-“; “Pero… No se levante y usted no se vuelva a quedar callado. Aterrice. Estamos aquí ¿En qué está pensado? No se puede quedar en silencio. Llevamos meses ensayando esta escena ¿Se ha vuelto a quedar en blanco? ¿Y ahora por qué se va corriendo? ¿Has visto lo que has hecho?”; -“¿¿¿Yooo????-“; “¿Dónde está el director del casting? Me rindo”; -“Perdone-repliqué- Quiero rescindir mi contrato-“; “¿No le importa perder todo su dinero?”; “-No. Nunca lo tuve-“; “Firme este papel y no vuelva mañana”; “-Gracias-”.

jueves, 7 de octubre de 2010

Tocando la cima

-Te cambio 2 escalones por 19- Fueron tus últimas palabras antes de evocar al silencio.
-Pero ya estoy casi en mi casa… Llevo 94 y sólo me quedan 12 para abrir mi puerta-.
-Vives en el ático. Te sobran peldaños- Fue tu primera frase cuando recobraste la voz-.
Esperaba que me empujaras por las escaleras de nuevo a las mazmorras, pero no hizo falta. Con el roce de tu mano, descendí por la barandilla al estrecho pasillo de la entrada de ese antiguo Monasterio que estaban rehabilitando.
-No sigas. Conozco el siguiente frame-
-¿También has tenido un dèja vu?-
-Tengo varios a lo largo del día. Como ya los reconozco, me pellizco hasta arañarme para dejar cicatrices y poderlos contar. Si no olvidas, no existen los recuerdos. Ahora vete y gracias. Con tu regalo, tengo que sumar 17 escalones a los que me faltaban para llegar a mi casa-.
-¿Y si lo dejas para más tarde? Está a punto de llover….
Con mi cara de Aiffé, sobraron las palabras. Sin embargo, los temblores de mi cuerpo me delataron al enredarse la espada con la armadura. Cuando subí el primer escalón escuché tu portazo. 5 segundos después, y con 4 peldaños más a mi espalda, empecé a percibir un sonido distinto al de las campanas que suelen colarse por mi ventana cada mañana. Salí a la calle para averiguar de dónde provenía y te vi a lo lejos. Me escondí entre los coches para que no notaras mi procedencia. Me quité las zapatillas para no hacer ruido y recorrí el asfalto descalza tragando tu mismo aire y sintiendo tu respiración. Las notas sonaban cada vez con más fuerza y contenían palabras. Cuando diste la vuelta a la esquina me oculté detrás del árbol y me quedé quieta observando tus pasos y escuchando. Te seguí. El sonido era cada vez más nítido. Provenía de ahí, de ti, de mí. Me senté en el portal de al lado y soporté el descenso de las temperaturas que se iba apoderando de mis huesos. Abrí los tímpanos y cerré los ojos para volar y escuchar pero un ruido intenso y fuerte penetró de golpe en mi cerebro. No pude soportarlo más. Grité. Saliste y me viste. Estaba muerta de miedo. No sabía dónde estaba ni dónde podía ir. Los abrí. El pitido cesó y mi cuello sigue sosteniendo mi cabeza. No. No ha sido otro dèja vu. Las mismas marcas. No me he movido de casa.